En este mundo de lo prefabricado, invadido por lo mediático, donde el concepto de originalidad ha perdido valor y ha sido desplazado por la copia y la simulación, el arte se ha alejado de las nociones de pureza, autonomía y autenticidad y ha reafirmado su condición con otra vuelta de tuerca en el juego del artificio, escenificando su propio espacio de representación. El arte busca su singularidad en un mundo en el que se ha hecho difícil hablar de materia prima, en el que la primacía de lo nuevo e incluso el concepto de creación han sido superados por una sociedad inmersa en el espectáculo del consumo, que acumula objetos e imágenes, que recrea sus convenciones, y cuya propia identidad se ha llegado a transformar en un producto más de consumo.
Esta exposición, formada por una selección de obras pertenecientes a la Colección de Arte Contemporáneo de la Fundación ”la Caixa”, nos introduce en un escenario de réplicas de símbolos de nuestra cultura, de recodificaciones de modelos y convenciones del arte, de identidades enmascaradas y de espacios de efectos ilusorios.
En la década de los ochenta, muchos artistas reutilizan el vocabulario formal del arte minimalista para explorar los códigos que determinan la producción, la exposición y la apreciación del arte. La producción seriada, la duplicación, la repetición o la retícula son algunas de las estrategias de las que se valen para formalizar su trabajo. Estos artistas también recurren a formas y objetos preexistentes en nuestra cultura, que presentan descontextualizados, utilizándolos como artificios, ejecutando con ellos juegos de lenguaje. Son operaciones de reproducción, apropiación o yuxtaposición realizadas con una mecánica neutra que, sin embargo, destilan ironía.
Rodney Graham se apropia de la conocida escultura secuencial de Donald Judd e inserta en cada módulo un volumen de las Obras Completas de Sigmund Freud; de esta forma, con la intrusión de la obra del célebre fundador del psicoanálisis, provoca una gran tensión en la objetividad de la obra del artista minimalista. Los moldes de yeso de un souvenir de la Virgen de Lourdes pintados de amarillo brillante que Katharina Fritsch repite de forma serial y dispone simétricamente formando una columna son una proclamación abierta de su condición de réplica; la artista construye un monumento al artificio con una figura popular muy reproducida. En la escultura de Asta Groting se realiza una operación semejante, mediante la cual un objeto cotidiano adquiere una identidad híbrida, entre original y copia. Por un lado, la función del plato se anula al reproducirlo en grandes dimensiones y, por otro, su producción seriada confirma que se trata de réplicas. Su color dorado y su forma de presentación refuerzan el efecto paradójico de su simulacro. Allan McCollum trabaja en serie con moldes de yeso, centrando su interés en las nociones de reproducción, exclusividad y originalidad en nuestra sociedad. Sus 216 «sustitutos» tienen la apariencia de pequeños cuadros de colores y actúan de forma genérica como clones de pinturas. Su particularidad radica en que todos difieren entre sí en color y medida, lo que los hace únicos; su paradoja es que ni son originales ni son copias. Peter Halley se apropia del vocabulario de la abstracción pictórica y recodifica la geometría como símbolo de reducción y confinamiento. El artista cuestiona el idealismo que entraña esta forma de arte en las vanguardias del siglo xx con sus pinturas geométricas, realizadas con materiales sintéticos y colores estridentes, modelos visuales que nos remiten a los diagramas de los espacios en los que vivimos y trabajamos. Haim Steinbach establece un juego de simulación al tratar la obra de arte como un producto más de consumo. Produce unas estanterías con una estructura genérica y apariencia minimalista para mostrar objetos banales y cotidianos como objetos de deseo. Su trabajo representa un puro simulacro de una operación mercantil. Esta obra, en la que expone felpudos y recogedores, es pues una parodia del modo en que el contexto del arte sacraliza los objetos y los convierte en artefactos culturales. Rosemarie Trockel yuxtapone dos logotipos comerciales, el del Playboy y el de la lana pura virgen, en su obra en punto de lana, tejida a máquina. La artista establece una ironía respecto de la producción industrializada de una actividad tradicionalmente femenina como es el punto, así como en relación con la aparente neutralidad de la estructura repetitiva de estos logotipos, con los que deconstruye símbolos de la identidad femenina. Mientras que la obra de Perejaume, compuesta de un marco dorado haciendo ángulo con un rail, alude al lugar de representación de la pintura, el conjunto de peanas y marcos de Jan Vercruysse escenifica la presencia misma del lugar de representación del objeto de arte, aunque lo ha silenciado enunciándolo como un no-lugar, y como forma de reconsiderar las condiciones del arte encasillado por los códigos de presentación.
Desde los años sesenta, Daniel Buren se ha interesado por la idea de lugar, interrogándose sobre la exposición de la obra de arte, sobre su percepción y su relación con el contexto. En sus instalaciones a partir de módulos prefabricados, el artista redefine la pintura en términos tridimensionales, utilizando la idea de arquitectura como código. En estas obras establece un juego entre espacios interiores y exteriores, de aberturas y transparencias, que invita al espectador a circular libremente. El resultado es un simulacro del espacio aséptico del museo y una parodia del mismo. Antoni Muntadas cuestiona los estereotipos de identificación y categorización en nuestra cultura global. En esta edición de treinta y tres fotografías que reproducen imágenes de distintas clasificaciones bibliográficas utilizadas por diferentes librerías, el artista plantea la ambigüedad de las codificaciones. La pretendida objetividad de esta sistematización se convierte en una ordenación subjetiva, una traducción del criterio particular de quien la organiza.
En la obra de Roni Horn, el artificio se personifica en la imagen del payaso, una figura simbólica cuya identidad está constituida por su apariencia uniforme y convencional. Sin embargo, Horn subvierte el estereotipo de esta máscara llenándolo de vida con multitud de gestos expresivos. La imagen blanca y difuminada de este rostro, presentada de forma secuencial, se fragmenta así en múltiples imágenes que muestran su vulnerabilidad.
Un suelo falso y engañoso crea una situación de incertidumbre y extrañeza. En el fondo del espacio, un muñeco ventrílocuo parece estar esperando al espectador. El trabajo de Juan Muñoz, artista que no compartió las tesis posmodernas de la apropiación y la deconstrucción, se centra en espacios de ficción que construye con efectos teatrales y donde pone a prueba la percepción del espectador.
Waste Land, título que alude al poema de T.S. Eliot, establece un juego ambiguo entre lo que se ve y lo que no es, y desafía al espectador con una figura que, en silencio y con una sonrisa, parece mirarlo. Un ventrílocuo mudo, quizás perplejo ante su soledad y la dificultad de la comunicación.
Nimfa Bisbe, comisaria de la exposición
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