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27 de Mayo de 2025 - 19 de Octubre de 2025
«Es en la escultura donde crearé un mundo verdaderamente fantasmagórico, de monstruos vivientes». J. Miró, Notas de trabajo, 1941
He aquí un Miró desconocido, infrecuente y excepcionalmente conservado. Es un trabajo en yeso, y pertenece a una fase intermedia del proceso creativo, meramente provisional y destinado a ser destruido u olvidado. A partir de este modelo, el autor encargó un agrandamiento, que serviría para la fundición en bronce de la obra definitiva, en 1978.
Miró —que había aprendido a pintar con los ojos tapados, palpando volúmenes—, confesaba el placer físico que sentía al amasar con sus manos esta sustancia obediente y dúctil, de óptima plasticidad, que le permitía asistir a la génesis de su mundo imaginario. En este ejemplar brillan esas cualidades: la blancura mate y lisa del yeso, su fragilidad y su ligereza, su capacidad para captar la luz, la plasticidad de sus detalles milimétricos, su tosquedad y a la vez, su gracia elegante.
La vocación escultórica de Joan Miró nació tardíamente, hacia 1944, en plena guerra mundial. Desde entonces se entregó con pasión a este arte, tan poético como su pintura, aunque más desafiante. Esta escayola nos revela el corazón de la inspiración mironiana: su amor «franciscano» por las cosas ordinarias, como, por ejemplo, el envoltorio de un caramelo. El artista, dejándose llevar por su imaginación asociativa, va metamorfoseando ese papelito original hasta que, gracias a las torsiones del papel y a unos pocos trazos con rotulador añadidos, toma forma humana. Pero una forma humana inquietante, un «monstruo viviente», un totem, mezcla de burla y terror, que la blancura del yeso tiñe de extrañeza.
María Bolaños, historiadora del arte
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